El silencio
de la sombra que pasa entre los cerros.
El calor de la tierra:
madre muda de todos los sonidos.
La mano quebradiza
del árbol que sostiene
las heridas de guerra de sus hijos
tiernamente atendidas por el viento
La fría piedra que espera mientras pasa
ese poco de luz,
ese poco de agua por los poros.
Los poros de la luna, su blanca sed que baja
poco
a
poco.
La flor que ya no es flor, ni luz sino reverso
de una quietud apenas contenida
por el vaso en que beben los cristales
de todos los espejos, de todas las miradas
que ven hacia otra parte; hacia la herida
parte parto
Dasein, estar aquí
siempre cayendo
como caen los deseos desorbitados.
La venda que amenaza con vender hasta el último sol de la caverna
y tapiar con su sombra la salida.
La noche con su bóveda insaciable:
vuelta y vuelta espiral que no termina
vuelta piel,
vuelta polvo,
vuelta casa que rota se despide
sabiendo que es el tiempo el no elemento
que habrá de terminar con todo aquello
sabiendo que al final
la muerte ya no es muerte sino vuelta
sobre los propios pasos olvidados
que intentan desandar hacia otra parte.